Salvador Cabañas recibe un tiro en una discoteca

Lo más fácil sería suscribirse a la reperiqueta moralista: ¿qué tiene que hacer un futbolista profesional, a las cinco de la mañana, en un “antro”, como ahora se denomina familiarmente a los bares y como antaño se denominaba familiarmente a los tugurios con mucha razón calificados como “de mala muerte”…?
Lo más efectista sería continuar, con tono admonitorio, lanzando rayos y centellas contra las autoridades: “¿A dónde vamos a llegar?…”; “¿No hay nadie que garantice la tranquilidad o simplemente la seguridad de la gente de bien, y que mantenga lejos de ella a los antisociales y a los potenciales delincuentes?…”;

“¿Cómo se explica que durante varias horas sólo hubiera versiones contradictorias sobre el incidente –unos, que una riña; los dirigentes del América, que una tentativa de asalto…– y no hubiera, en cambio, ninguna información oficial, por cautelosa que fuera, acerca de las circunstancias del hecho y de la identidad del agresor de Salvador Cabañas?…”. Etcétera.
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Los puntos sobre las íes: las “salidas” a bares por parte de los jóvenes, forman parte de los hábitos sociales. Son parte de sus rutinas, especialmente en las ocasiones en que disponen de tiempo libre para compartir las expansiones de quienes, como ellos, también son jóvenes.

Es comprensible que los futbolistas se refugien, cuando pueden, en los pasatiempos que agradan a sus compañeros de generación. Pero como son famosos y como generalmente tienen dinero, es común que así como pueden ser reconocidos y apapachados… también corran el riesgo de ser ofendidos, retados o agredidos.

Es poco lo que los clubes, sus dirigentes o los técnicos, en cuanto patrones o disciplinadores, pueden hacer para poner límites y reducir los riesgos implícitos en ese tipo de convivencia: primero, porque los futbolistas –ya se dijo– son jóvenes; segundo, porque son libres…

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Lamentablemente, no todos los jóvenes aprenden, por los consejos y principalmente por el ejemplo de sus padres, que ser libre implica ser responsable. Y no todos los futbolistas tienen la educación necesaria para entender que el profesionalismo va mucho más allá del manejo de las facultades que les permiten ser sobresalientes en un quehacer tan agradable como es la práctica del deporte.

Ni siquiera una desgracia como la que ahora mismo amenaza seriamente la carrera –e incluso la vida– de un excelente futbolista, como el atacante paraguayo del América, le sirve a nadie (o a casi nadie..) de escarmiento.

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