Zaragoza se queda en primera

El partido comenzó una semana antes. Cuando empezó a prepararse el desplazamiento más masivo y numeroso de toda la historia de la Liga puede decirse que el balón ya empezó a rodar. Por eso, en el momento en que Fernández Borbalán miró escrupulosamente su reloj y pitó el inicio del match, un volcán blanquiazul erupcionó. La grada retumbaba y el Real Zaragoza empujó con energía, sereno ímpetu y vocación de ganar. El primer corner llegó a apenas al minuto y las ocasiones de gol comenzaron a producirse.

Sobre el terreno de juego y en la grada había un equipo, una institución, dispuesta a morir recuperando a dentelladas la vida. Las cabalgadas de nuestros jugadores, la fiereza en la lucha de cada balón dividido, el resoplido de los pulmones llenos de viento azul eran la mejor muestra de que nuestro momento había llegado. Un chut de Lafita lo detuvo ágilmente Munúa. Un chut de Ander lo desvió apuradamente Munúa.

Un chut de Lafita lo interceptó prestamente Munúa. Un cabezazo de Uche lo derivó felinamente Munúa. Mientras tato, en el área zaragocista, la nada. El Levante mostraba una cara ordenada, aseada, pero res mès. Y llegó el momento.

Boutahar, al que ya se le había anulado un gol por fuera de juego, cayó en el borde del área y la falta señalada llamaba a Gabi para que nos enseñase cómo hay que ejecutar un castigo como ese. Y nos lo mostró. El vídeo del gol lo guardaremos en el rincón más azul de nuestro corazón, pues forma ya parte de nuestra historia más gloriosa. ¿Era eso suficiente? No, pero el resultado que se estaba dando en Riazor nos ensanchaba la sonrisa.
Finalizó la primera parte, un período en el que la afición cantamos hasta tres goles, aunque sólo uno de ellos fue válido. Pero lo que sí era cierto, verdad como la silueta del Moncayo, como el susurro del Ebro, como las tierras fértiles del Matarranya, como la pasión de las sierras de Teruel, como el sueño inacabado de las cumbres del Pirineo, es que el equipo estaba decidido a mirarle al futuro de frente, y así nos lo hizo saber cuando comenzó la segunda mitad.

El equipo sostuvo el latido pétreo de todo un pueblo, una forma de sentir y perseveró en la búsqueda de la vida. Gabi lo intentó y Munúa lo impidió. Diogo lo intentó y el larguero lo evitó. Braulio lo buscó y la mano mágica de Munúa volvió a salvar el gol. ¿Qué más hacía falta? El partido era uno de esos choques que se recordarán por nuestra sangre roja galopando por las líneas blancas del césped valenciano. Era imposible que no cerrásemos la batalla, porque había un grupo de esforzados gladiadores que ofrecieron toda la rasmia que habían acumulado a lo largo de un año muerto al tacto. Y se logró. Gabi, siempre Gabi, recibió un mágico pase de Bertolo y destrozó la red blaugrana con un colosal chut que quedará para siempre como un monumento a la clase.

Se abrió la bullonera por la que salió, con la fuerza de la vida comprimida durante tanto tiempo, todo e l zaragocismo que se había concentrado en el Ciutat. Once mil gargantas, once mil corazones perfectos en su amor incondicional y decenas de miles de gritos azules y blancos hicieron saber al mundo que Zaragoza nunca se rinde. El segundo gol fue la razón por la que la alegría inundó Aragón y todos aquellos rincones en los que se vibra con el escudo del león. Dio igual que minutos más tarde Stuani convirtiese un inesperado gol. Dio igual que el partido se adormilase. Dio igual que nada nos diera igual. El Real Zaragoza acariciaba la permanencia, la vida. Y recibió el beso más esperado. Final y en Primera.

Y volvió a abrirse el cielo. Las celebraciones dieron comienzo en una atmósfera de éxtasis, de paroxismo sin límite. No había razón para no expresar todo nuestro alivio, nuestra felicidad por seguir vivos. El fútbol, por esta vez nos había indultado y los jugadores, los técnicos, la afición se dispusieron a vivir una fiesta que deberemos recordar durante muchos años. Por lo felices que fuimos, que somos, y porque debe servirnos a todos para empezar una nueva era, esa de la que hablaba el Sr. Iglesias en su mensaje de la semana pasada y que ahora, entre todos, debemos empezar a soñar.

Y mientras el futuro llega, vaya mi reconocimiento a quienes considero los grandes artífices de la salvación. Que son todos, que somos todos, sí, pero sabemos que en toda noche de verano, en todo atardecer imperfecto siempre hay una estrella que brilla más que las demás y este es también el caso.

Así pues, hoy, en nombre del zaragocismo, en nombre de esos niños que sufren por el escudo del león rampante, por la historia gloriosa que aún han de conocer; en nombre de esos jóvenes que lloran porque sus héroes han logrado al fin romper las cadenas; en nombre del zaragocismo veterano que vimos jugar a Villa, a Santos, A Arrúa, a Pichi Alonso. En nombre de todos, digo, permítaseme cerrar esta crónica, la más dulce, la más grande de toda la temporada con una sencilla pero sentida frase: “Gracias, Javier Gabirre”.

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